viernes, 10 de enero de 2014
El enamorado eterno
Llevo cinco años en una relación.
En cinco años pasan muchas cosas. Y una de esas cosas es que uno puede enamorarse y desenamorarse de la misma persona en múltiples ocasiones sin que eso amerite terminar la relación. De hecho, estoy convencido de que la clave para tener una relación así de larga es aprender a enamorarse y reenamorarse.
Dicen que el amor y el enamoramiento no son lo mismo. En efecto. El enamoramiento es el momento, el flechazo, la pasión. Dura aproximadamente tres meses. El amor son los planes, la familia, los recuerdos. Eso puede durar toda la vida.
Sí, soy un romántico empedernido que cree en el amor eterno.
En lo que no creo es en el enamoramiento eterno.
Con una excepción...
A lo largo de estos cinco años me he enamorado, en varios niveles, de varias personas, eso lo admito. Pero lo dejo pasar, porque al mismo tiempo me he enamorado varias veces de la persona con la que escogí estar. Y eso es genial. Sin embargo, una de estas otras personas de las cuales me he enamorado se ganó un privilegio hermoso y terrible:
Se ganó el privilegio de que nunca me desenamoraré de él.
Así es, nunca voy a desenamorarme.
Por un lado, por lo particular de nuestro enamoramiento. Platónico, por decirlo así, por causa de la enorme distancia geográfica que nos separaba.
Pero por otro lado, y esto es lo mas importante, porque está muerto.
Y ahora ya no hay tiempo, a menos que haya una vida después de ésta, para desenamorarme de él. Para aburrirme de sus conversaciones o para hartarme de sus defectos. No hay tiempo para acostumbrarme a su presencia.
Es hermoso y terrible al mismo tiempo.
En menos de un mes se cumplirán dos años de su partida.
viernes, 24 de mayo de 2013
Aceptar sin comprender
En el marco del día mundial de la lucha contra la homofobia, nos presentaron en la facultad la novela Journal d'un corps, de Daniel Pennac. En ella, el personaje principal, al conocer la homosexualidad de su nieto favorito, declara que, aunque la acepta, no la comprende. En efecto, para él (y según sus propias palabras, para su cuerpo), que un hombre desee a otro hombre es un hecho inconcebible. El extracto de la novela que nos leyeron muestra una visión honesta de lo que un heterosexual sin prejuicios puede experimentar con respecto a la homosexualidad.
De algún modo me sentí muy identificado con el personaje. Se podría decir que mis sentimientos son los mismos, pero en la dirección opuesta. Para mí, que un hombre desee a una mujer es un hecho inconcebible.
Lo acepto, evidentemente... (Y muchos de mis amigos son heterosexuales... incluso personas tan queridas por mí como... ¡mis padres!) Sin embargo, no lo comprendo. No puedo comprender el sentimiento o, más bien, la sensación. Incluso aunque la atracción hacia las mujeres me parezca más lógica, me es difícil imaginarla.
Hay veces que escucho en la calle conversaciones entre hombres que manifiestan su atracción por el sexo opuesto de maneras que van desde lo vulgar hasta lo poético. Y nunca faltan las canciones en las que se expresa que la mujer es la mayor y la más perfecta de las creaciones de Dios. Pero no puedo estar de acuerdo. Esas generalizaciones me hacen sentir fuera del mundo; y es que, de cierto modo, lo estoy, porque vivo en un mundo hecho por heterosexuales y para heterosexuales.
Para una persona heterosexual, lo más común es asumir que los demás también son heterosexuales. Para mí a veces es más fácil asumir que las personas que conozco son homosexuales; sin embargo, debo luchar contra ese reflejo, pues las estadísticas me indican que muy probablemente esté equivocado...
Lo que sí nunca hago es asumir que alguien a quien recién conozco es heterosexual...
A lo mejor estaría bien que todos hiciéramos eso, ¿no?
domingo, 24 de febrero de 2013
No vivo per lei
Cuando conozco gente, siempre, invariablemente, me preguntan qué tipo de música escucho... "Pues... De todo un poco", respondo, sin mucho convencimiento.
No es que no me guste la música. Sí que me gusta, y hay cantantes y canciones que prefiero. Me encanta bailar, y para bailar se necesita música (aunque ésta sólo esté en la cabeza), y también me gusta cantar. Y silbar, adoro silbar. Sí, sí me gusta la música.
Pero no la necesito.
Entiendo su importancia y la aprecio, pero no siento ninguna necesidad de que me acompañe a todos lados. No traigo un reproductor de música conmigo, ni llevo audífonos en los bolsillos. No escucho la radio ni pongo música de fondo mientras navego por internet o trabajo. Cuando me gusta una canción, no busco inmediatamente información sobre el cantante o la banda. Mientras escribo este post, estoy en silencio.
No tengo cultura musical. No tengo idea de muchas bandas o discos, ni siquiera de muchos relativamente famosos. Soy un ignorante, pero no me importa serlo. No tengo interés por conocer o aprender más de música, por lo menos no un interés especial, así como no tengo ningún interés especial en aprender sobre arquitectura o cultura tailandesa, sin que eso signifique que desprecie la arquitectura o la cultura tailandesa.
Frases que se repiten en miles y miles de descripciones personales como "No puedo vivir sin música" no se aplican en mi persona. Porque sí, sí puedo vivir sin música. No me gustaría, porque la música le da un buen sabor a la vida, pero no es esencial.
Soy raro.
Y esta rareza musical mía es probablemente la mayor de mis rarezas. Porque sólo conozco a una persona que la comparte (y diría que en menor grado que yo).
Mi mejor amigo comparte muchas de mis rarezas, pero ésta no, y de manera muy contrastante, porque él sí es de esas personas que se describen como amantes de la música. A veces, cuando estamos juntos y se escucha una canción que le gusta, me dice algo así como "100 puntos si sabes quién la canta". Lo hace sabiendo que no sabré responder, o tal vez lo hace con la esperanza de que sí sepa... Sea cual sea el caso, no me gusta que lo haga, porque del alguna manera percibo la intención de echarme en cara, como si fuera algo malo, un aspecto de mi personalidad del que, si bien no me enorgullezco, tampoco me avergüenzo, pues creo que el hecho de que mis prioridades en cuanto a gustos y aficiones sean diferentes, el hecho de que sea raro, no tiene nada de malo.
Hace algún tiempo escribí un post en el que hablaba sobre mis sentimientos cuando estaba en compañía de mis amigos heterosexuales. No todo el tiempo, evidentemente, pero sí en circunstancias específicas (como cuando la conversación giraba en torno a mujeres o cuando se ponían a ver pornografía), me sentía excluído e incluso triste. Y el problema no era la discriminación (ellos me conocen, me aceptan y me quieren), ni siquiera el sentirme diferente (ahora me doy cuenta), sino los pequeños detalles (una sonrisa irónica, una mirada, algún comentario) con los que me hacían notar, adrede, aunque sin malicia, que en ese momento yo era el raro. Como si me lo reprocharan.
Y así me siento cuando sales (sí, ahora te estoy hablando en segunda persona) con ese jueguito de los puntos. Me entristece un poco, me molesta. Y si no te lo hago notar es porque soy consciente de que es una tontería que algo así me afecte. Finalmente, sé que esos puntos son sólo un juego, que tu cariño y tu opinión sobre mí no cambian porque no sepa quién canta qué cosa, que es una nimiedad sin importancia. Pero lo cierto es que, aunque no tenga buenos motivos, me afecta. Tal vez por mis propias manías, miedos e inseguridades, pero me afecta. Aunque sepa que tu intención está libre de malicia, me afecta.
Así que si cuando estemos juntos se escucha una canción que te guste y quieres hacérmelo notar, puedes decirme "Hey, ¿conoces esa canción? Se llama así y la canta tal", pero no me intentes probar, porque no te responderé.
Soy como soy y no me avergüenzo de serlo. No es normal, pero que algo no sea normal no quiere decir que sea malo.
No soy una persona musical.
Mi mejor amigo comparte muchas de mis rarezas, pero ésta no, y de manera muy contrastante, porque él sí es de esas personas que se describen como amantes de la música. A veces, cuando estamos juntos y se escucha una canción que le gusta, me dice algo así como "100 puntos si sabes quién la canta". Lo hace sabiendo que no sabré responder, o tal vez lo hace con la esperanza de que sí sepa... Sea cual sea el caso, no me gusta que lo haga, porque del alguna manera percibo la intención de echarme en cara, como si fuera algo malo, un aspecto de mi personalidad del que, si bien no me enorgullezco, tampoco me avergüenzo, pues creo que el hecho de que mis prioridades en cuanto a gustos y aficiones sean diferentes, el hecho de que sea raro, no tiene nada de malo.
Hace algún tiempo escribí un post en el que hablaba sobre mis sentimientos cuando estaba en compañía de mis amigos heterosexuales. No todo el tiempo, evidentemente, pero sí en circunstancias específicas (como cuando la conversación giraba en torno a mujeres o cuando se ponían a ver pornografía), me sentía excluído e incluso triste. Y el problema no era la discriminación (ellos me conocen, me aceptan y me quieren), ni siquiera el sentirme diferente (ahora me doy cuenta), sino los pequeños detalles (una sonrisa irónica, una mirada, algún comentario) con los que me hacían notar, adrede, aunque sin malicia, que en ese momento yo era el raro. Como si me lo reprocharan.
Y así me siento cuando sales (sí, ahora te estoy hablando en segunda persona) con ese jueguito de los puntos. Me entristece un poco, me molesta. Y si no te lo hago notar es porque soy consciente de que es una tontería que algo así me afecte. Finalmente, sé que esos puntos son sólo un juego, que tu cariño y tu opinión sobre mí no cambian porque no sepa quién canta qué cosa, que es una nimiedad sin importancia. Pero lo cierto es que, aunque no tenga buenos motivos, me afecta. Tal vez por mis propias manías, miedos e inseguridades, pero me afecta. Aunque sepa que tu intención está libre de malicia, me afecta.
Así que si cuando estemos juntos se escucha una canción que te guste y quieres hacérmelo notar, puedes decirme "Hey, ¿conoces esa canción? Se llama así y la canta tal", pero no me intentes probar, porque no te responderé.
Soy como soy y no me avergüenzo de serlo. No es normal, pero que algo no sea normal no quiere decir que sea malo.
No soy una persona musical.
jueves, 7 de febrero de 2013
366 días
Hola diamante.
Hace un año y un día que te fuiste y te llevaste una parte de mi corazón. No, no te preocupes: esa parte era tuya, de modo que era natural que te la llevaras contigo. Quiero que sepas que estoy haciendo todo lo posible por ser feliz. Entiendo que el apego, incluso a las personas amadas, es negativo para la felicidad, porque todos, tarde o temprano, nos iremos algún día. Tú te fuiste temprano.
Me hiciste aprender muchas cosas, Dargoncito, y te lo agradezco. Me consuela saber que la última vez que hablé contigo, te pude decir que te quería. Porque te quería. Aún lo te quiero. Me llenó de emoción cuando tu mamá me dijo que yo era tu mejor amigo. Wow... tu mejor amigo. Para mí, esas son palabras fuertes. Me alegra haber tenido ese impacto en tu vida... Fue un privilegio.
Gracias por todo.
Te amo, Dragón tatuado. Tal vez podamos volver a vernos.
domingo, 6 de enero de 2013
6 de enero - Las rayas del Tigre
El Mimo llegó a casa del
Tigre a eso de la una de la mañana, la pequeña bicicleta rosa
rodando junto a él; el Mimo, tan alto, prácticamente no tenía que
doblar su brazo izquierdo para alcanzar el manubrio de ésta, la hizo
avanzar los últimos metros con una parsimonía ceremonial impropia
de él... ese tipo de cosas eran el tipo de cosas que el Tigre hacía,
como cuando terminaba el té sosteniendo la taza con las dos manos,
inclinándola, siempre con los ojos cerrados y el ceño fruncido.
Cierto, el Mimo había esperado hasta la madrugada del seis de enero
para llevar la bicicleta rosa por pura crueldad... y tal vez el Tigre
no se lo merecía, pero qué chigá, el Mimo también tenía derecho
a ser cruel de vez en cuando, ¿no? Al fin y al cabo, él también
tiene sus propias rayas, y el Tigre le hizo la más reciente.
Sin soltar la bicicleta
con la mano izquierda, el Mimo alargó su brazo derecho (no mucho,
pues es un brazo largo, como todo él) y tocó el timbre. Escuchó.
Ya sabía que el Tigre no estaría dormido, ¡faltaba más! El Mimo
no podía jactarse de conocerlo tanto, pero se había acostumbrado un
poco a sus manías, a su humor, a sus cambiantes estados de ánimo, a
su histeria, a su risita irónica que tanto le cagaba, pero que no
podía sacarse de la cabeza. Efectivamente, el Tigre estaba hecho una
furia, gruñendo, arrancándose los cabellos, corriendo de un lado a
otro, buscando hasta en los lugares más ridículos, en la alacena,
abajo de la cama, en el refrigerador. Abrió la puerta con tanta
furia que el calor de la casa le dio una cachetada al Mimo, quien
trató de no inmutarse. El Tigre tenía los ojos rojos, entre
enfurecidos y tristes, y era obvio que había estado llorando.
La expresión del Tigre
se ablandó significativamente cuando vio al Mimo. No se lo esperaba.
Ahí estaba, parado frente a él, ligeramente encorvado, como
siempre, altote, largote, flacote, todo enorme en él. Lo observaba
con curiosidad y con un poco de tristeza. Trataba de mantener una
mirada severa, pero sus grandes ojos negros no podían dejar de ser
tiernos. El Tigre no entendió al principio, pero cuando bajó un
poco los ojos y vio la bicicleta rosa, fue como si Dios personalmente
lo hubiera rescatado del infierno. ¡Por supuesto! ¿Cómo había
podido ser tan tonto? Era ahí donde la había escondido, y la había
escondido tan bien que, entre la furia y la tristeza y la melancolía
y la decepción de su reciente ruptura, había tenido a bien
olvidarlo. Sí, en ese momento el nudo de la garganta se desató y
poco faltó para que el Tigre se echara a llorar o se le echara al
cuello y se lo comiera a besos.
El Mimo vio los cambios
de ánimo en los ojos del Tigre que eran siempre tan jodidamente
expresivos y no pudo enamorar evitarse un poquito más. ¡Ay, Tigre,
Tigre tonto! Ahora el Mimo se reprochaba mentalmente el haber sido
tan cruel. El Tigre no tenía la culpa, por lo menos no toda la
culpa. Ay, Tigre, qué guapo te ves y qué sexy y qué tierno con
esos ojitos enrojecidos. Ya, respira, aquí está la bici para la
oruguita. Llegaron los reyes magos, llegué yo. Pero no, Mimo, no
debes enamorarte un poquito más porque ya no funcionó una vez y no
funcionará de nuevo y no puedes terminar desnudo en su cama porque a
las seis la nena despertará excitada queriendo ver los juguetes y
sería muy embarazoso.
Así estuvieron un minuto
mirándose con los ojos representando todas las emociones
shaekspirianamente posibles, hasta que el Tigre habló. Iba a decir
hola, Mimo, cómo estás, quieres tomar un café, pero sólo pudo
decir Gracias.
Gracias.
Sí, el Mimo lo sabía y
le dolió mucho, porque finalmente ese momento lo habían planeado
hace casi un mes con muchas sonrisas y complicidad y un poquito de
fantasía. No, la nena no la encontrará porque yo la guardo ya en mi
casa. Ah, ¡gracias! Qué buena idea, porque me ponía nervioso cada
que pasaba cerca de la cochera, ya ves que es muy curiosa y por más
que le prohíba... al contrario, con más ganas va y se mete. Pero no
te preocupes, yo te la traigo el cinco así sirve que también te
traigo tu regalote. Ja ja ja. Ja ja ja. Regalote te voy a dar yo a
ti, que tú eres el niño, y yo soy los reyes magos. ¿Cómo, los
reyes magos no existen? ¡No me digas eso que me vas a hacer llorar!
Sí, son los papás. Ja ja ja.
Pues al final fue el
Mimo, aunque todavía sea un niño que apenas va saliendo de la
facultad y que no sabe nada de la vida, el que la hizo de rey mago, y
no habrá regalote ni nada, ni café, ni plática, te dejo la bici,
porque la compraste con tu dinero y me voy que tengo sueño. No,
espera, tómate un café, soy muy tonto, se me olvidó, si no, te
hubiera hablado ayer. No, en serio. Ándale.
Ay, Mimo, al final
accediste y estás ahí sentado en la misma silla en la que estabas
cuando se pelearon, se dijeron sus verdades, se mandaron a chingar a
sus respectivas (ex) suegras. El Tigre prepara té y café
descafeinado. Están en silencio. Qué momento tan incómodo. Fue una
mala idea.
Hay que romper el hielo.
Qué frío hace allá afuera, ¿verdad? Sí, es obvio que hace frío,
es seis de enero. Mejor algo como ¿y cómo vas en la escuela? Bien,
ya nada más tengo que entregar dos proyectos, pero ya casi están
terminados. ¿Y tú ya viste lo de los trámites de titulación? En
eso estoy, es un lío. ¿Y tu trabajo? Bien, Sergio me propuso que
montáramos un show. ¿Magia y mímica? Oye, la cafetería de ese
cuate al rato se va a volver circo. Y su perro tan melenudo podría
hacerle de león.
El Tigre se sentó junto
al Mimo y puso las tazas sobre la mesa y le sonrió tímidamente.
Hey, gracias por lo de la bici, neta que estaba a punto de pegarme un
tiro. No hubiera soportado la decepción en su carita. Ya... no te
preocupes, en eso quedamos. El Mimo tampoco hubiera soportado saber
que la oruguita se decepcionaba. Finalmente, la niña no tenía la
culpa de que su papá y su novio se hubieran peleado como
quinceañeras tontas. Y al final también le agarró algo de cariño.
No era como si la empezara a ver como a su propia hija, y el hecho de
pensar que técnicamente era casi su padrastro le daba escalofríos,
pero no podía dejar de quererla, tan tierna y risueña. Además,
aunque el Tigre solía tener un humor de perro rabioso bipolar,
siempre, ante su sola presencia, sonreía de esa manera tan
maravillosa. Sí, la niña es la culpable de que se enamorara.
Ay... no es una relación
normal, Tigre: le llevas al Mimo diez años. Más o menos. Tienes una
hija. Más o menos. Eres dos veces viudo. Más o menos. Estás muy
rayado y desde el primer momento sabías que terminarías
lastimándolo. Porque al fin y al cabo, el Mimo no es más que un
niño que acaba de terminar la carrera, que vive con sus papás, que
trabaja de mesero en una cafetería cuyo dueño es un mago
aficionado... Necesitaría conseguirse un novio de su edad, ir al
cine en las tardes, dedicarse a buscar trabajo sin estresarse
demasiado porque sus papás le siguen sirviendo la comida a las
cuatro en punto frente al televisor. El Mimo es un niño que ve
caricaturas. Y sí, tú también ves caricaturas, pero no puedes
engañar al tiempo y a las circunstancias. No puedes ser un novio
adolescente que se va de pinta con su chico para revolcarse un rato
en los asientos de hasta atrás del cine. Tienes que ir a la escuela,
echarle muchas ganas, trabajar, llevar a la niña a la primaria, a
las clases de natación, preparar la comida, hacerle el lunch,
regañarla. No puedes hacerlo todo: papá, mamá, estudiante, novio
adolescente, empleado mal pagado. Puros milagros contigo.
Al final, el Mimo se fue
a su casa cuando empezaba a amanecer. El Tigre puso la bicicleta
junto al árbol, sobre el asiento el zapato de la niña, practicó
frente al espejo su mejor cara de sorpresa y se fue a la cama. El
cansancio le ganó a los sentimientos y se quedó dormido. Era
domingo. La niña, que el día anterior había estado hiperactiva, no
se levantó hasta las diez, pero cuando lo hizo, fue a brincar a la
cama del Tigre, quien se despertó sobresaltado.
Habían llegado los reyes
magos.
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Mi tocayo, el Tigre de Tigretón Tontón, hace como medio año, ofreció los Premios Tigretón y me tocó el honor de recibir uno de ellos; sin embargo, el premio venía acompañado de un reto consistente en escribir un pequeño cuento.
Está bien bonito T_T Ay, lo amo
En teoría el cuento debería estar relacionado con la imagen y como ven, en realidad no lo está. LOL. Si se estira demasiado la idea del circo mencionada casi al margen, podría inventarme una justificación, pero la verdad es que no, no hay justificación. El cuento está dedicado este Día de Reyes al Tigre, a quien quiero mucho, y está, por cierto, basado en un suceso de la vida real que, no obstante, alteré y cambié hasta el punto que no lo reconoce ni su madre.
Espero que les haya gustado.
sábado, 15 de diciembre de 2012
One billion and Un billón
In Spanish "un billón" is not the same than in English "one billion", in Spanish it is 10¹² (12 zeros = un mllón de millones) and in English it is (10⁹) (9 zeros = a thousand millions). According to this video by Dr James Grime and Dr Tony Padilla, the Spanish way is mathematically more logical.
But in Spanish, the logic in that is not just mathematical, but also linguistic (and not just etymological as shown in the video): "un millón" (10⁶) and "un billón" (10¹²) are not numeral determiners, but nouns; so we say "mil cosas" ("mil" is a numeral determiner -a.k.a. numeral adjective) but "un millón DE cosas" and "un billón DE cosas". There is no need to have a word for a number that can already be expressed with a rather simple expression as "mil millones"; just when the last numeral determiner possible is used (999,999 = novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve is STILL a determiner), then we need another noun to avoid a complex expression as "un millón DE millones DE cosas".
PS: Escribí este post en inglés porque en un principio era un comentario para el video mismo, que está en inglés. Pero quedó muy largo y me gustó, así que decidí publicarlo acá.
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martes, 4 de diciembre de 2012
¿Para qué estudias eso?
Se supone que uno tiene vocación y que la vocación determina lo que se debe ser para ser feliz. Si es una vocación práctica y "útil", como ser cocinero o ingeniero automotriz, todos contentos. ¿Pero si nuestra vocación no es tan útil para los estándares de la vida moderna, de la cultura occidental? Entonces se nos critica, se nos dice que no triunfaremos en la vida o que moriremos de hambre. Incluso, se nos cuestiona... ¿Para qué quieres estudiar eso? Nótese la preposición. Yo no estudio PARA algo, yo estudio POR algo. Porque la respuesta a "¿por qué?" varía de persona a persona, pero la respuesta a "¿para qué?" debería ser siempre la misma: PARA SER FELIZ.
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