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miércoles, 18 de julio de 2018

Un consejo raro para superar a tu ex

Hace un año y un día, mi entonces novio terminó conmigo.

Iba a escribir un post al respecto, pero luego pensé: "¿y si hago un video?". Al fin y al cabo, es lo de hoy hace diez años.

Por si alguno de mis dos lectores tenía curiosidad de cómo se oía mi voz, ahí está:


martes, 17 de febrero de 2015

La búsqueda del amor verdadero

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Abdicación a la resignación

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Reflexiones de un solitario que no tiene miedo de decir que quiere encontrar el amor algún día


Febrero. El mes del amor. Para mí, febrero se convirtió en el mes del amor por mera coincidencia, exactamente una semana después del día de los enamorados en el año 2009: ese día comenzó la relación amorosa más larga que he tenido. Esa relación llegó a su fin hace menos de un año, de modo que este febrero del 2015 es, por contraste, el más solitario (en términos amorosos, evidentemente) al que me he enfrentado.

Desde muy chico viví con la idea de tener una pareja romántica. Cuando era adolescente, sufrí, como todos, como corresponde a esa etapa de crisis y descubrimiento. Me enamoré con fuerza de alguien que no me quería y derramé lágrimas de agua y tinta en muchas y muy patéticas entradas de mi extinto blog. No niego que mucho de ese sufrimiento era autinfligido e innecesario, pero no me parece criticable, pues, ¿quién espera otra cosa de un adolescente que quiere amar? Alguna vez me preguntaron: “Quieres un novio, bien, ¿qué harás cuando lo consigas?”. Seguir queriéndolo, respondí. Y así lo hice.

Tuve una relación inusualmente larga para un chico de 19 años. Cinco años, para asombro de casi todas las personas a quienes les cuento. Tuve mucha suerte, pues mi ahora ex novio es una persona muy tierna y muy amorosa que no tenía miedo de entregarse. Nuestra relación terminó por circunstancias en las que no elaboraré ahora (quienes me conocen, las conocen). No hay por qué hacer un drama al respecto. Es difícil que, cuando uno es joven y está decidiendo qué hacer con su vida, las circunstancias sean siempre favorables. Las cosas pueden acabar y es importante aceptar esa realidad. Sin embargo, ahora me encuentro con que ya no soy un adolescente y me siento un poco perdido en la manera en que debo afrontar el dolor y la soledad.

Ayer escuché a un amigo decir: “Todas las relaciones están destinadas a terminar, es algo que hay que aceptar cuando decidimos iniciar una”. No estoy de acuerdo. En primer lugar, porque no creo en el destino: lo único que es inexorable es que vamos a morir, y, en ese sentido, pues sí, no hay duda de que ninguna relación podrá ser eterna, pero no creo que sea imposible lograr “sentar cabeza”, encontrar a alguien para compartir la vida y trabajar en ese amor para que dure hasta que, literalmente, “la muerte nos separe”. Muchos quieren encontrar ese amor, y querer es poder (no ipso facto, pero con la voluntad ya se tiene buena parte del camino hecho).

Lo que es cierto es que no es fácil. Y muchos no están dispuestos a afrontar lo que implica amar de verdad. Hay mucha suerte involucrada en encontrar el amor, pero las estadísticas nos son favorables: conozco a pocas personas que no hayan tenido por lo menos una relación romántica antes de los 25 años. Encontrar el amor no es difícil, y muchas veces basta con esperar (si el azar no es suficiente, buscar tampoco es tan complicado); no obstante, mantener el amor puede llegar a ser una empresa herculina. Para muchos no vale la pena, por agotadora, lo cual es perfectamente comprensible; para otros, sin embargo, puede (debe) ser apasionante.

El gran problema es resignarse. A todos nos hicieron sufrir. A todos nos tocó que nos pusieran el cuerno, que jugaran con nuestros sentimientos, que nos dijeran mentiras, que no fueran lo suficientemente maduros, que fueran abusivos o violentos. Algunos hemos tenido la buena suerte de terminar relativamente bien con nuestras anteriores parejas, pero muchos nos encontramos con episodios realmente traumáticos. Y entonces decidimos aceptar que, aunque iniciemos una relación, ésta va a terminar necesariamente, porque “así es la vida”. El problema deja de estar en la probabilidad triste, pero innegable, de que nuestro próximo novio sea un patán, y pasa a radicar en que nosotros mismos, por culpa de un puñado de malas experiencias, propias o ajenas, ya no estamos dispuestos a ponerle pasión a nuestra relación porque ¿para qué, si de todas maneras la ley de Murphy nos enseña que lo que empieza bien acaba mal?

No podemos tener control absoluto sobre la vida. Cuando nuestro ego es tan grande como para querer eso, es innevitable que suframos a causa de la frustración. El destino no existe y no depende de que la suerte nos ponga enfrente a nuestra alma gemela. Si queremos amor verdadero, tenemos que cosecharlo, trabajarlo, y para eso necesitamos ponerle la misma pasión que un artista o un científico le ponen a su trabajo. Y cuando encontremos a otro ser igual de apasionado, hay que comprometerse a trabajar juntos y a aceptar, ahora sí, que nadie es perfecto, que vamos a cometer errores, que nos vamos a dañar mutuamente... Pero el amor es más grande que nuestra humana torpeza.

Yo no me resigno. Yo sí creo en el amor verdadero porque en mí mismo tengo la prueba irrefutable de que existe. Porque sé que puedo generarlo, que puedo mantenerlo, que es una de las pocas cosas que dependen de mi voluntad, por lo menos en gran parte. Y si yo existo, ¿por qué no habría de existir otro igual que yo? ¿Por qué no habríamos de encontrarnos algún día? ¿Por qué no habríamos de conocernos y reconocernos? ¿Por qué no habríamos de estar abiertos a enamorarnos el uno del otro?


¿Por qué no habríamos de estar dispuestos a enamorarnos el uno del otro cuantas veces sea necesario?

miércoles, 14 de enero de 2015

Siempre buscando

Hay personas a las que les va bastante bien estando solteras. Disfrutan mucho de salir con gente sin compromiso, se dedican a ellas mismas y son muy felices así. Yo no soy de esas personas.

No me gusta estar solo. Y no me imagino solo en un futuro lejano. Para mí tener pareja es algo importante, y no me da miedo decirlo.

Ahora estoy solo. Y es difícil. Sin embargo, no quiero ponerme a buscar a alguien. En primer lugar, porque buscar es complicado, triste, frustrante y cansado. En segundo lugar, porque mis planes a mediano plazo involucran irme muy lejos del lugar en donde estoy, de modo que tener pareja podría convertirse en una carga. En tercer lugar, porque también tengo que acostumbrarme a la soledad.

Más bien, necesito aprender a estar solo, porque no siempre voy a tener a alguien a mi lado. Así es la vida y tengo que comprenderlo. Es mejor que ahora que estoy solo, aproveche para estar solo. Luego, espero, sucederá como todos mis amigos me dicen cuando estoy un poco triste: llegará. Ojalá.

viernes, 10 de enero de 2014

El enamorado eterno



Llevo cinco años en una relación.

En cinco años pasan muchas cosas. Y una de esas cosas es que uno puede enamorarse y desenamorarse de la misma persona en múltiples ocasiones sin que eso amerite terminar la relación. De hecho, estoy convencido de que la clave para tener una relación así de larga es aprender a enamorarse y reenamorarse.

Dicen que el amor y el enamoramiento no son lo mismo. En efecto. El enamoramiento es el momento, el flechazo, la pasión. Dura aproximadamente tres meses. El amor son los planes, la familia, los recuerdos. Eso puede durar toda la vida.

Sí, soy un romántico empedernido que cree en el amor eterno.

En lo que no creo es en el enamoramiento eterno.

Con una excepción...

A lo largo de estos cinco años me he enamorado, en varios niveles, de varias personas, eso lo admito. Pero lo dejo pasar, porque al mismo tiempo me he enamorado varias veces de la persona con la que escogí estar. Y eso es genial. Sin embargo, una de estas otras personas de las cuales me he enamorado se ganó un privilegio hermoso y terrible:

Se ganó el privilegio de que nunca me desenamoraré de él.

Así es, nunca voy a desenamorarme.

Por un lado, por lo particular de nuestro enamoramiento. Platónico, por decirlo así, por causa de la enorme distancia geográfica que nos separaba.

Pero por otro lado, y esto es lo mas importante, porque está muerto.

Y ahora ya no hay tiempo, a menos que haya una vida después de ésta, para desenamorarme de él. Para aburrirme de sus conversaciones o para hartarme de sus defectos. No hay tiempo para acostumbrarme a su presencia.

Es hermoso y terrible al mismo tiempo.

En menos de un mes se cumplirán dos años de su partida.

domingo, 24 de febrero de 2013

No vivo per lei

No soy una persona musical.



Cuando conozco gente, siempre, invariablemente, me preguntan qué tipo de música escucho... "Pues... De todo un poco", respondo, sin mucho convencimiento. 

No es que no me guste la música. Sí que me gusta, y hay cantantes y canciones que prefiero. Me encanta bailar, y para bailar se necesita música (aunque ésta sólo esté en la cabeza), y también me gusta cantar. Y silbar, adoro silbar. Sí, sí me gusta la música.

Pero no la necesito. 

Entiendo su importancia y la aprecio, pero no siento ninguna necesidad de que me acompañe a todos lados. No traigo un reproductor de música conmigo, ni llevo audífonos en los bolsillos. No escucho la radio ni pongo música de fondo mientras navego por internet o trabajo. Cuando me gusta una canción, no busco inmediatamente información sobre el cantante o la banda. Mientras escribo este post, estoy en silencio.

No tengo cultura musical. No tengo idea de muchas bandas o discos, ni siquiera de muchos relativamente famosos. Soy un ignorante, pero no me importa serlo. No tengo interés por conocer o aprender más de música, por lo menos no un interés especial, así como no tengo ningún interés especial en aprender sobre arquitectura o cultura tailandesa, sin que eso signifique que desprecie la arquitectura o la cultura tailandesa.

Frases que se repiten en miles y miles de descripciones personales como "No puedo vivir sin música" no se aplican en mi persona. Porque sí, sí puedo vivir sin música. No me gustaría, porque la música le da un buen sabor a la vida, pero no es esencial.

Soy raro.

Y esta rareza musical mía es probablemente la mayor de mis rarezas. Porque sólo conozco a una persona que la comparte (y diría que en menor grado que yo).

Mi mejor amigo comparte muchas de mis rarezas, pero ésta no, y de manera muy contrastante, porque él sí es de esas personas que se describen como amantes de la música. A veces, cuando estamos juntos y se escucha una canción que le gusta, me dice algo así como "100 puntos si sabes quién la canta". Lo hace sabiendo que no sabré responder, o tal vez lo hace con la esperanza de que sí sepa... Sea cual sea el caso, no me gusta que lo haga, porque del alguna manera percibo la intención de echarme en cara, como si fuera algo malo, un aspecto de mi personalidad del que, si bien no me enorgullezco, tampoco me avergüenzo, pues creo que el hecho de que mis prioridades en cuanto a gustos y aficiones sean diferentes, el hecho de que sea raro, no tiene nada de malo.

Hace algún tiempo escribí un post en el que hablaba sobre mis sentimientos cuando estaba en compañía de mis amigos heterosexuales. No todo el tiempo, evidentemente, pero sí en circunstancias específicas (como cuando la conversación giraba en torno a mujeres o cuando se ponían a ver pornografía), me sentía excluído e incluso triste. Y el problema no era la discriminación (ellos me conocen, me aceptan y me quieren), ni siquiera el sentirme diferente (ahora me doy cuenta), sino los pequeños detalles (una sonrisa irónica, una mirada, algún comentario) con los que me hacían notar, adrede, aunque sin malicia, que en ese momento yo era el raro. Como si me lo reprocharan.

Y así me siento cuando sales (sí, ahora te estoy hablando en segunda persona) con ese jueguito de los puntos. Me entristece un poco, me molesta. Y si no te lo hago notar es porque soy consciente de que es una tontería que algo así me afecte. Finalmente, sé que esos puntos son sólo un juego, que tu cariño y tu opinión sobre mí no cambian porque no sepa quién canta qué cosa, que es una nimiedad sin importancia. Pero lo cierto es que, aunque no tenga buenos motivos, me afecta. Tal vez por mis propias manías, miedos e inseguridades, pero me afecta. Aunque sepa que tu intención está libre de malicia, me afecta.

Así que si cuando estemos juntos se escucha una canción que te guste y quieres hacérmelo notar, puedes decirme "Hey, ¿conoces esa canción? Se llama así y la canta tal", pero no me intentes probar, porque no te responderé.

Soy como soy y no me avergüenzo de serlo. No es normal, pero que algo no sea normal no quiere decir que sea malo.

No soy una persona musical.

domingo, 16 de enero de 2011

Melancolía bloggera

El otro día me agregó al MSN un chico buscando novio. Me comentó que había tomado mi mail de una conocida página de contactos. Después de explicarle que yo hace casi dos años que ya estoy ocupado, decidí buscar ese anuncio y borrarlo. Después decidí buscar los sitios recónditos de la red en donde mi identidad pudo haber quedado regada, por si acaso (no es que me preocupe tanto, pero estaba aburrido); para tal efecto, busqué mi dirección de correo electrónico en google.

Hacer eso es peligroso porque internet es como una especie de máquina del tiempo. Y uno se encuentra con cosas que traen recuerdos y no puede evitar sentirse un poco nostálgico.

Me encontré con comentarios que hice de los cuales no me acordaba y con los cuales ya ni siquiera estoy de acuerdo. También con viejísimos comentarios en blogs de amigos que ya no son mis amigos (o que ya no son tan mis amigos como antes).

De un modo u otro, buscarme en internet me llevó a recordar mis blogs y las cosas que escribí en ellos, las personas que conocí a través de ellos y las cosas que viví y que en ellos se reflejan.

Por ejemplo, cuando no tenía novio y me quejaba y me azotaba como viuda siciliana y lloraba mucho. Muchos me dijeron que era patético y ahora veo que sí lo era (bueno, siempre estuve consciente de eso), pero en ese momento, mi blog fue un apoyo sicológico tremendo que me ayudó a sobrellevar la depresión.

Mi blog nunca fue lo que yo quería que fuera, pero no puedo evitar sentir un cariño enorme por él. Me da algo de lástima que ahora esté tan abandonado y tenga tan pocos lectores, pero creo que las cosas no duran para siempre.

Eso sí, prometí nunca cerrarlo y nunca lo cerraré (por lo menos no "oficialmente"). Porque de vez en cuando (como ahora), me dan ganas de escribir en él y eso es parte de mi vida.

Os amo.